Productividad

La inteligencia emocional: factor clave en el liderazgo

La inteligencia emocional es básicamente la capacidad que las personas pueden desarrollar para reconocer, regular y controlar sus emociones. Esta regulación se logra por medio de 4 aspectos fundamentales: la gestión de las relaciones con otras personas, la empatía o conciencia social, la autoconciencia y la autogestión. El desarrollo y constante fortalecimiento de este tipo de inteligencia es vital para que los gerentes gestionen eficazmente el talento humano de su organización y saquen el mayor provecho de sus colaboradores y sus capacidades.

La inteligencia suele definirse como la capacidad de las personas para captar y asimilar información que le servirá para aprender, reconocer y relacionarse con otras personas y sabemos que esto es vital para desarrollar adecuadamente todas las actividades que hacemos y para tomar las mejores decisiones y superar los retos con los que nos enfrentamos todo el tiempo.

La inteligencia se cultiva por medio del control de las emociones que sentimos. Los sentimientos, el entusiasmo, nuestros gustos, nuestros errores y nuestras cualidades son factores que definen nuestra forma de actuar y que a corto y largo plazo dejarán consecuencias positivas a negativas dependiendo de las decisiones que tomemos. La inteligencia emocional es en términos simples el control de las emociones al momento de actuar y decidir qué es lo qué se va a hacer frente a determinada situación.

Alcanzar un alto grado de inteligencia emocional sirve fundamentalmente para el beneficio personal porque nos permite explotar lo mejor de nuestras capacidades, pero cuando hablamos de un gerente su principal beneficio es grupal puesto que sirve para gestionar con sensatez y conciencia la organización que tiene a cargo. Al lograr regular sus propias emociones y ser consciente de sus fortalezas el gerente va a entender con mayor claridad las razones de las actuaciones y comportamientos de sus colaboradores y va a mejorar notablemente sus relaciones con toda la plantilla.

Suelen ocurrir muchas situaciones que molestan y enfurecen a las personas en la vida diaria y es exactamente igual lo que sucede en una jornada de trabajo típica en una organización, aquí es cuando la inteligencia emocional toma el papel protagónico y ayuda a afrontar cada situación con la mayor sensatez y equilibrio posibles.

Situaciones como el cierre de negocios complicados, la recepción de bajos resultados financieros o la necesidad de despedir o contratar nuevos empleados son pruebas de fuego para los gerentes y estas son las oportunidades en las que la inteligencia emocional los puede catapultar como verdaderos líderes. La inteligencia emocional puede ser aprendida y no basta con la lectura de los cientos de libros que hablan sobre el tema o con la asistencia a los seminarios y conferencias al respecto. El ponerla en práctica al enfrentarse a los retos y tomar las decisiones correctas es el verdadero termómetro para saber si se ha adquirido o no esa inteligencia.

Para adquirir la inteligencia emocional los gerentes deben aprovechar cada situación que se presenta en el día a día de su compañía, las solicitudes y quejas de los empleados son un ejemplo perfecto para tratar de entender las sensaciones de la plantilla respecto a su trabajo y para tomar las medidas para fortalecer el clima laboral de la organización. Ponerse en los zapatos de todos los trabajadores de la compañía es fundamental para entender cómo están pensando y desarrollando sus labores los empleados.

El gerente debería tratar de controlar sus emociones y pensar siempre con cabeza fría, por ejemplo cuando se entera de los balances financieros de la organización y los resultados son negativos, la solución no está en despedir a los encargados de cada departamento de la empresa, la inteligencia emocional lo llevará a reunirse con ellos y revisar cuidadosamente área por área cuales pueden ser las causas del bajo rendimiento que se está presentando para tomar los correctivos necesarios y hacerle seguimiento a esas medidas para saber sí están funcionando o no.

Pero no son sólo los gerentes los que deben desarrollar la inteligencia emocional, ese es sólo el primer paso para consolidar una organización que tome las mejores decisiones y adopte las mejores estrategias. Los colaboradores también deberían ser capaces de cultivar esa inteligencia y lograr un grado de autonomía para resolver los asuntos a los que se enfrentan en el desarrollo de sus labores.

Las empresas deberían impartir cursos acerca de este tema y hacerle un seguimiento a las actividades de su plantilla para entender cómo están aplicando esos conocimientos y ayudarles a mejorar día a día. Es un proceso complejo pero es una gran inversión si se logra desarrollar la inteligencia emocional en todos los niveles de la compañía, puesto que se convertiría en un gran valor agregado que sin duda se vería reflejado en los niveles de productividad y competitividad de la organización.

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